El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Nadie podÃa explicárselo. Pero lo que no dudaban era que Jesús habÃa dicho: «Lázaro, ven fuera», y Lázaro, abandonando el sepulcro, obedeció la voz del Salvador.
«—Desatadle y dejadle ir» —volvió a decir Jesús.
Lázaro habÃa recobrado la vida.
¡Milagro portentoso, inolvidable! Cortaron las ligaduras de Lázaro, aturdidos y asombrados. Mientras todos rodeaban al que poco antes habÃa sido un cadáver, mientras las mujeres tocaban con asombro el cuerpo de aquel hombre que durante cuatro dÃas habÃa reposado en el pesado sueño de la muerte. Jesús desapareció, seguido, como siempre, de sus discÃpulos.
De todas partes acudieron ansiosos de conocer al hombre a quien el MesÃas habÃa dispensado un favor tan grande. Este hecho maravilloso llegó a los oÃdos de los fariseos, que temblaban en sus palacios ante aquel Profeta que trastornaba el orden de las cosas y que amenazaba destruir su poder con el mágico imperio de su palabra sublime. Caifás, sumo pontÃfice aquel año, apenas supo la resurrección de Lázaro, dijo en el Sinedrio:
—Jesús es un trastornador público; será preciso que su obra termine en la cumbre del Gólgota. Es preciso comenzar la guerra a muerte.