El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —No; contigo siempre perdería.
—Entonces te dejo.
—No olvides a tu madre.
—Según me dijo, creo que acudirá también con algunas mujeres de Cafarnaum a la fiesta de los Ázimos.
—Enoé, aunque egipcia, es una buena israelita.
—No hay más Dios que el Dios invisible de los hijos de Abraham.
—Y Jesús es su hijo.
—Así lo creo.
—Pues hasta mañana.
—Hasta mañana.
Dimas entró en la gruta, llevando a la modesta pollina del ronzal, y Boanerges siguió su camino en dirección al valle de Josafat. Los soldados detenían la respiración para no ser oídos. La oscuridad era extremada. Dimas sentóse en medio de la gruta, tranquilo, porque nada temía.
De vez en cuando le oían murmurar en voz baja algunas palabras que no comprendían. Era el Padre nuestro, que Jesús había enseñado a sus discípulos de Galilea.
Dimas rezaba y los soldados esperaban a Gestas. Por fin oyóse en el camino de Efraim un silbido extraño. Dimas levantó la cabeza y murmuró:
—¡Él es!