El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —No ha sido él, he sido yo —dijo Barr-Abbas soltando una carcajada—. ¡Es tan grato ir al Gólgota acompañado de antiguos amigos!…
Los soldados ataron fuertemente a los tres bandidos y salieron de la gruta.
—No se ha perdido la noche, Nacor —dijo un soldado a su compañero.
—No, por cierto. Teniendo a estos tres murciélagos en los calabozos de la torre Antonia, Palestina podrá dormir en paz y sus habitantes viajar tranquilos.
—¡Bah! El pájaro enjaulado puede escaparse, pero el pájaro muerto ya no vuela.
—Tienes razón —contestó Nacor—; la cruz es el mejor calabozo.
Después entraron en Jerusalén. Los presos fueron depositados, cargados de cadenas, en las húmedas mazmorras de la torre Antonia, y el jefe de la fuerza fue a dar parte al gobernador Pilato del buen éxito de la expedición.