El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Prosigue tu camino, hermano, y no temas: el que puede ha mandado que sigamos tus pasos —le dijo Juan.
La dulzura de aquella voz disipó los temores del hombre del cántaro, que sin pedir más explicaciones continuó su marcha.
Caminaron como unos doscientos pasos y el que iba delante se detuvo frente a una casa, cuya antigua y fuerte construcción parecÃa datar de las arquitecturas ninivitas.
—Ésta es la morada de mi señor —dijo el criado.
—Entra, pues, y dile que aquà le esperan dos hombres —volvió a decir Juan.
El criado obedeció, y los dos discÃpulos de Jesús se arrimaron a los negros muros del vestÃbulo, dispuestos a esperar. Pronto se presentó un hombre de aspecto venerable que llevaba la túnica blanca de los esenios. Un criado le precedÃa con una tea encendida en la mano.
—Dice mi siervo que buscáis al dueño de esta casa.
—SÃ, hermano —contestaron a la vez los dos apóstoles.
—Yo soy, pues. ¿Qué me queréis?