El mártir del Gólgota
El mártir del GĂłlgota Durante esta travesĂa, los silenciosos caminantes dirigĂan miradas escrutadoras por todas partes, como si buscaran algo que para ellos fuera de mucho interĂ©s.
Cuando llegaron a la piscina de SiĂłn se detuvieron.
—Hermano —dijo Pedro a Juan—, ¿ves allà al que buscamos?
—SĂ, ahora se coloca el cántaro sobre la cabeza.
—Jesús no se ha engañado.
—Dios no puede engañarse nunca.
—Sigamos, pues, a ese hombre.
—SĂ, y cumplamos con lo que nos ha ordenado el Maestro.
Esta conversaciĂłn la produjo un hombre, cuyo traje decĂa bien a las claras que era algĂşn siervo de una casa acomodada. El hombre, despuĂ©s de llenar el cántaro en la piscina, se encaminĂł hacia una calle situada entre el palacio de Caifás y el lugar donde bajo la cuádruple tienda, habĂa sido depositada el Arca a la vuelta del desierto.
Pedro y Juan siguieron al hombre del cántaro, pero pronto Ă©ste, conociendo el espionaje de que era objeto, se detuvo y encarándose con los discĂpulos de JesĂşs, les dijo:
—¿Por quĂ© me seguĂs?