El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—¡Jerusalén, Jerusalén!, el alma mía se estremece de dolor contemplando tus soberbios muros. ¡Oh, ciudad ingrata, a quien tanto he amado y distinguido!… Yo quise recoger tus hijos como la amante gallina a sus polluelos. Y tú en pago pretendes darme muerte… Escucha, que aún retiembla por los aires la voz de Jeremías que predice las amarguras que te aguardan. Yo lloro y tú ni ves mis lágrimas ni recelas tu agonía. Tu loco orgullo, tu vana soberbia ha de perderte. Pobre pueblo de Judá. Siervo serás; el águila imperial tiende su vuelo altivo por el orbe; sus robustas garras rasgarán el pudoroso velo de tus vírgenes, y la corona de laurel de tus señores se manchará con el lodo de la tierra. Huestes extranjeras recorrerán las doce tribus de Israel; tus altivas torres caerán al choque de las armas; el aire traerá la peste en su seno; serán tus mujeres violadas, porque vendrán días contra ti en que tus enemigos te estrecharán por todas partes y te derribarán en tierra, y no dejarán en ti piedra sobre piedra.[90]

Cesó la voz angustiosa de Jesús. Doloroso llanto corría de los ojos de los creyentes.

Las palabras del joven Maestro oprimían los corazones. La comitiva tornó a emprender su interrumpida marcha, las palmas volvieron a agitarse, las flores tornaron a caer a los pies del Mesías y los coros de las vírgenes resonaron en el espacio, repitiendo al son de los salterios y las arpas:


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