El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Pero nadie se atrevía a poner la mano sobre el Joven Maestro. Jesús, cuya humildad era infinita, cuya mansedumbre era inagotable, dirigía en derredor suyo miradas de dulzura y sonrisas de amor divino. Pero, ¡ay!, en aquellos ojos garzos, cuya profunda y dolorosa mirada no ha podido trasladar al lienzo el pincel del hombre, brillaban dos lágrimas.
Cuando llegó junto a los soberbios muros de la ciudad deicida, detuvo el paso de su modesta cabalgadura. El pueblo se apiñó alrededor suyo y guardó un profundo silencio; porque Cristo había demostrado con sus miradas que iba a hablar, y sus palabras eran un tesoro inapreciable para el pueblo de Jacob.
El suelo estaba sembrado de flores, palmas y mirto. El ambiente, perfumado como los tapices del Santo de los Santos. El silencio fue universal, que hasta las aves que saltaban de rama en rama suspendieron sus trinos. Los rayos claros y brillantes del sol caían como una lluvia de oro sobre la hermosa cabeza de Jesús. La gente al mirarle, se estremecía, porque notaba en el joven Maestro algo de la divinidad de Jehová.
Jesús lloraba, con la radiosa frente inclinada sobre el pecho. Después de un momento de doloroso silencio alzó los ojos y, dirigiéndose a la ciudad, dijo con una voz que llegó hasta los últimos, con la misma vibración, con la misma claridad que a los primeros: