El mártir del Gólgota

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CAPÍTULO V

PONCIO PILATO

Mientras Jesús caminaba en triunfo hacia el templo de Salomón, en la ciudad de Bezeta, el tetrarca de Galilea, el infame Antipas, acosado por los remordimientos, creía que Jesús era el Bautista que tan infamemente había mandado degollar en Maqueronta.

Herodes, que había acudido a la ciudad con motivo de la fiesta de los Ázimos, tembló en su palacio, porque el clamor entusiasta de la entrada de Jesús en Jerusalén llegaba hasta sus oídos. Herodes, que por una cuestión de familia estaba reñido con Pilato, el gobernador romano, no se atrevió a enviar a uno de sus cortesanos al juez extranjero para que castigara la insolencia de aquel trastornador del orden público que tenía alarmada a Jerusalén.

Dejemos, pues, al asesino de Juan luchando con el miedo y los remordimientos, y entremos en el palacio del gobernador romano.

En la ciudad de Bezeta alzábase la soberbia e inexpugnable ciudadela Antonia, que Herodes el Grande reedificó en honor del triunviro Marco Antonio y cuyo nombre habían respetado sus sucesores Augusto y Tiberio.

Herodes hizo forrar de mármol blanco el inmenso peñasco sobre el cual se asentaba aquel gigante de piedra para hacerle más inexpugnable. A sus cuatro extremos se alzan cuatro torres, mudos centinelas que amenazan eternamente a los amedrentados hijos de Jerusalén.


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