El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Cuando David mandó al arquitecto Hiram construir esta terrible fortaleza, denominándola la torre de Baris, era la mansión de los sumos sacerdotes. El armario sagrado donde encerraban sus santas vestiduras, y delante del que ardÃa siempre una lámpara habÃa desaparecido. Herodes el Grande, temeroso de su pueblo y de su hijo, creyendo la fortaleza de Baris más segura que la de Sión, levantó sus muros, cambióle el nombre, y arrojando de ella a los sacerdotes, fue a instalarse con sus adictos herodianos.
A los pies de este gigante de granito y mármol, recostado sobre su flanco septentrional, se hallaba un palacio. Este palacio, que era casi un pueblo por sus inmensas habitaciones, estaba habitado en la época de Jesucristo por el juez romano. Seiscientos soldados vivÃan entre la ciudadela Antonia y el palacio.
El español Poncio Pilato hacÃa seis años que desde aquellas ventanas ojivales, aquellas robustas torres, vigilaba el sueño de los descendientes de los Macabeos. Tiberio tenÃa puesta toda su confianza en aquel soldado mercenario. Pilato era hombre de acción, valiente hasta la temeridad. Su sueño era ligero como el del águila.
DormÃa con el escudo colgado a la cabecera de la cama, y el casco, la coraza y la espada sobre la mesa de noche. SabÃa que el pueblo de Jerusalén le odiaba, y estaba siempre dispuesto a rechazar toda insurrección.