El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Tiberio le había dicho: «Si lo crees necesario, no dejes piedra sobre piedra de esa ciudad de fanáticos». Más de una vez la espada de los aventureros del Tíber, durante el gobierno de Poncio, había derramado la sangre israelita por las calles de Jerusalén.
En la historia de su gobierno se hallaban tres grandes charcos de sangre, que aplaudió Tiberio desde el solitario nido de la isla de Caprara, donde se había retirado.
El primero fue un día que el pueblo de Jerusalén vio entrar por las puertas de Damasco una legión extranjera que llevaba en los estandartes el retrato de Tiberio. El pueblo se sublevó porque aquello era contrario a su ley. Esta sublevación hizo desnudar la espada a Poncio y las madres y las esposas de Jerusalén lloraron amargamente.
El segundo fue cuando extrajo violentamente del tesoro sagrado todo el dinero para hacer un acueducto. Poncio oyó desde su madriguera mugir al pueblo y, armándose de su escudo, salió a imponerle silencio.