El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El tercero fue el más injusto de todos: la sangre corrió en abundancia por las cercanías del templo de Sión. Los israelitas no querían reconocer a otro señor que Adonai, y se negaron a brindar en honor de Tiberio. Poncio castigó por tercera vez a los rebeldes. Desde entonces, el sueño del gobernador era ligero, intranquilo. Siempre se hallaba dispuesto a sofocar el grito de libertad que tan propicio está a pronunciar un pueblo esclavo.
Poncio Pilato, cuya energía admiraba el tirano de Roma, cuyo valor y entereza reconocía hasta el último de sus soldados, poco después de la entrada de Jesús en Jerusalén debía cubrir su nombre de oprobio con un rasgo de debilidad incalificable.
Poncio Pilato aún no había cumplido los cuarenta años. Su ademán era altivo y marcial cuando el casco oprimía sus sienes y la coraza su pecho; pero cuando dejaba los aprestos de guerra, cuando se perfumaba el cabello y se vestía con la túnica laticlavia, entonces el soldado desaparecía bajo la forma del cortesano de Roma.
Tiberio amaba a este servidor, que había unido en casamiento con una parienta algo lejana, bella, rica y noble, por cuya influencia el señor del Tíber le había concedido el gobierno de Judea. Esta romana se llamaba Claudia Procla.