El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Pilato, que, como hemos dicho, velaba siempre, vio desde una tronera de la ciudadela Antonia que la gente corrÃa y se apiñaba por el camino del monte de los Olivos; pronto apercibió gritos y vÃtores que le llamaron la atención sobremanera. Por todas partes corrÃa la gente. Como la ciudad estaba atestada de forasteros y además se decÃa que un hombre, un sedicioso, recorrÃa las tribus predicando máximas extrañas, Poncio comenzó a recelar, y llamando a un decurión, le dijo:
—Flavio, indudablemente ocurre algo extraño en la ciudad. Tú posees el hebreo como un rabino de Jericó; disfrázate de judÃo y ve a ver lo que ocurre.
Flavio, espÃa favorito de Pilato, saludó y salió a cumplir las órdenes de su señor. Durante la ausencia de Flavio, el gobernador mandó que algunos soldados se pasearan por el puente del Sixto, desde donde arengaba al pueblo el juez romano, y que se redoblara la guardia de las gradas del palacio y de la caserna inmediata a la ciudadela.
Algunas horas después, Poncio vio entrar en su camarÃn al espÃa Flavio, pálido y demudado.
—¿Qué has visto, que llegas tan conmovido? —le preguntó el jefe romano.
—Señor, a un hombre al cual no han llegado en prodigios todos los dioses del olimpo de Homero.
Pilato soltó una cárcajada.