Manual de vida
Manual de vida Somos parientes de la divinidad
Si es cierto lo que dicen los filósofos sobre el parentesco entre la divinidad y los hombres, ¿qué otra cosa les queda a los hombres sino lo que decía Sócrates: al que pregunta «¿De dónde eres?» no responderle nunca «Ateniense» o «Corintio», sino «Ciudadano del mundo»?
¿Por qué dices que eres ateniense y no que eres sólo de aquella esquina a la que tu pobre cuerpecito fue arrojado al nacer? ¿O no es evidente que te llamas a ti mismo ateniense o corintio por el sitio más importante y que engloba no sólo aquella precisa esquina, sino también toda tu casa y, en pocas palabras, por el lugar del que procede el linaje de tus antepasados? Ahora bien, quien haya captado la administración del mundo y haya comprendido que «lo principal y lo más importante y lo que contiene todo lo demás es ese conglomerado que procede de los hombres y de la divinidad», ¿por qué no va a decir que es ciudadano del mundo? ¿Por qué no que es hijo de la divinidad? ¿Por qué va a temer lo que sucede entre los hombres? El parentesco con el César o con algún otro de los grandes poderosos de Roma es suficiente para proporcionarnos una vida en seguridad, libres de desprecios y sin temer nada en absoluto; ¿y el tener al dios por hacedor, padre y protector no nos librará de tristezas y temores?