El principe roto
El principe roto Valerie negó con la cabeza. —No puedo ayudarte, Reed. Ella no quiere verte.
—Por favor. —Reed dejó caer la voz, bajándola a un susurro que apenas salió de sus labios. —Solo quiero saber si está bien.
Por un segundo, el rostro de Valerie pareció suavizarse, pero su resolución volvió como un látigo. —Ella no necesita más dolor. Déjala en paz.
Las palabras fueron como un golpe, pero Reed no se rindió. Pasó días recorriendo lugares donde creía que podía encontrarla: la playa donde solían caminar, la cafetería donde se habían besado por primera vez. Cada calle, cada rincón parecía vacío sin ella.
Mientras tanto, en la mansión Royal, Brooke seguía enredando los hilos de su veneno. Se aseguraba de cruzarse con Reed en cada oportunidad, dejando caer insinuaciones cargadas de malicia.
—¿Todavía buscándola? —le dijo una noche, mientras él pasaba por el salón. —¿Qué vas a hacer cuando descubra toda la verdad?
Reed la ignoró, pero las palabras lo perseguían. La culpa era un monstruo en su pecho, recordándole no solo lo que Ella había visto, sino lo que no sabía: todos los secretos oscuros que él había enterrado, las cosas que nunca podría decirle sin arriesgar perderla para siempre.
