El principe roto
El principe roto Easton apareció en el pasillo, con el cabello despeinado y una expresión que mezclaba preocupación y desdén. —¿Qué has hecho esta vez, hermano?
—Ella se fue —respondió Reed, su voz áspera como si las palabras lo arañaran desde dentro.
Easton lo miró con incredulidad. —¿Y cómo piensas arreglarlo?
Reed no contestó. Porque no tenía una respuesta. Porque ni siquiera estaba seguro de que hubiera una forma de arreglarlo. Se pasó una mano por el cabello, tratando de encontrar un plan, pero todo lo que veía era el rostro de Ella, su mirada rota, el sonido de la puerta cerrándose tras ella.
Esa noche, en el oscuro interior de su habitación, Reed revisó cada mensaje no respondido que le había enviado. —¿Dónde estás? Por favor, déjame explicarte. Por favor.
Pero no hubo respuesta. La ansiedad se convirtió en una ola que lo ahogaba, y al día siguiente, decidió hacer lo único que podía: buscarla. Fue a la casa de Valerie, la mejor amiga de Ella, y tocó la puerta hasta que los nudillos le dolieron.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Valerie, cruzándose de brazos en un intento por bloquear la entrada.
—¿Está aquí? Necesito verla. —La desesperación en su voz era innegable.
