Las Coéforas

Las Coéforas

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ORESTES. ¡Que seamos dueños de la casa! Ahora somos unos errantes, vendidos por la que nos ha alumbrado, y que en tu lugar ha tomado por esposo a Egisto, cómplice de tu muerte. Yo soy como una esclava, Orestes está privado de sus bienes, mientras ellos se gozan, insolentemente, con el fruto de tus trabajos. ¡Que venga Orestes con fausto suceso, te lo suplico, escúchame, padre! Y a mí concédeme ser más casta que mi madre y que mis manos sean más piadosas. Para nosotros estos votos; pero, para los contrarios digo que aparezca, padre, un vengador y que los asesinos mueran a su vez en justicia. Esto introduzco en mis súplicas, formulando para ellos esta funesta imprecación; para nosotros, en cambio, envía desde abajo bendiciones con ayuda de los dioses, de la Tierra y de la justicia victoriosa.» Sobre tales plegarias vierto estas libaciones; vosotros corona dlas, según costumbre, con vuestros lamentos, entonando el peán del muerto.

CORO. Derramad lágrimas, un lamento mortuorio para nuestro fenecido señor, junto a este baluarte que protege de los males y es defensa de los buenos contra el poder de las abominables libaciones vertidas. Escúchame, majestad, escucha, ¡oh señora, la voz de mi confuso corazón. ¡Ay, ay, ay! ¡Oh! ¿Qué esforzado guerrero, liberador de esta mansión, vendrá blandiendo en la batalla el arco escita tendido en sus manos y empuñando la espada para combatir de cerca?


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