Las Coéforas
Las Coéforas ELECTRA. También a mí me invade el corazón una oleada de 3 amargura y estoy herida como por un dardo agudo. De mis ojos caen amargas, incontenibles, las lágrimas de una pleamar tempestuosa, a la vista de este rizo. Pues ¿cómo puedo esperar que estos cabellos pertenezcan a algún otro ciudadano? Y menos aún se los cortó la asesina, mi madre, que desmiente este nombre por los sentimientos que alberga, impía, para sus hijos. Mas ¿cómo puedo aceptar del todo la idea de que esta ofrenda procede del más querido para mí de los mortales, de Orestes? Con todo, estoy lisonjeada por la esperanza. ¡Ah! Ojalá este rizo tuviera una lengua inteligente, a manera de mensajero, para no ser agitada entre dos pensamientos y supiera claro o que he de arrojarlo, si ha sido cortado de una cabeza enemiga o, si procede de un hermano, asociarlo a mi duelo para ornamento de esta tumba y homenaje a mi padre. Mas, los dioses que invocamos saben en qué tempestades, cual marinos, somos agitados; pero si el destino quiere salvarnos, de una pequeña semilla puede nacer un gran árbol. (Electra se agacha para dejar el rizo y descubre unas huellas en el suelo.) Mirad, pisadas, otra señal, iguales a las de mis pies. Sí, hay dos trazas de huellas, las de aquél y las de algún compañero de viaje. Los talones y los contornos de las plantas, si se miden, coinciden en todo con mis pisadas. Me invade una angustia, un desfallecimiento de la razón. (Salen de su escondite Orestes y Pílades. Aquél avanza y saluda a su hermana.)