Las Coéforas

Las Coéforas

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CORO. Muchos, terribles azotes de terror nutre la tierra, y los senos del mar, monstruos enemigos de los hombres, entre cielo y tierra surgen brillantes meteoros, y todo ser que vuela o anda puede contar la furia proceloso de los huracanes. Pero ¿quién será capaz de decir la audacia sin límites del espíritu del hombre, y las violentas pasiones, compañeras de desastres para los mortales, de las mujeres de insolente corazón? Las uniones matrimoniales son quebrantadas por el imprudente deseo que se apodera de las hembras, en las bestias y en los hombres. Sépalo aquél que no tiene una mente olvidadiza, recordando el designio incendiario que concibió la miserable Testíada, matadora de su hijo, cuando lanzó a las llamas del rojo tizón, compañero dado a su hijo desde su primer vagido al salir del seno materno y que debía medir su paso a través de la vida hasta el día decretado por el destino. Otra mujer hay de recuerdo abominable, la sanguinaria Escila, que en favor de los enemigos sacrificó a un ser querido y, seducida por los collares de oro cretenses, presente de Minos, arrancó -¡corazón de perra!- el cabello inmortal de Niso, mientras éste confiadamente dormía, y Hermes lo alcanzó. Y ya que he recordado infortunios tan amargos, ¿no es hora de que el palacio maldiga la vil unión, la conspiración de un corazón de mujer contra el guerrero, contra un varón violento, terror de los enemigos? Yo admiro un hogar doméstico sin pasiones, un corazón de mujer sin audacia. Mas, entre todos los crímenes el de Lemnos ocupa el primer lugar, según cuenta. El pueblo proclama la vileza del hecho y todo horror nuevo se compara a crimen aborrecido por la calamidad de Lemnos. Por este los dioses, la raza desaparece en el menosprecio de los hombres; nadie venera lo que es odioso a los dioses. ¿Cuál de estos ejemplos no aduzco con razón? Pero ya la aguda espada está cerca del pecho y lo atraviesa en nombre de la justicia. Es de rigor contra los que, quebrantando todo derecho, han ultrajados pisoteado por tierra, la plena majestad de Zeus. La base de la justicia está firme y la Moira, forjadora de espadas, martillea ya el hierro. Al hijo que ha de vengar, por fin, la abominación de los antiguos homicidios, introduce en palacio la ilustre Erinis de profundos designios. (Orestes y Pílades entran por la izquierda y se dirigen hacia palacio. Les siguen algunos siervos que llevan los equipajes.)


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