Las Coéforas
Las Coéforas ORESTES. Soy extranjero, de Daulia, en la Fócide. Había iniciados ya mi viaje hacia Argos, cargado con el bagaje de mi propio negocio, cuando, sin conocernos, se me aproxima un hombre y después de haber averiguado mi viaje y manifestado el suyo, me dice Estrafio de Fócide -pues en la conversación conocí su nombre-: «Puesto que, en todo caso, extranjero, vas a Argos, acuérdate, sin falta, de decir a sus padres que Orestes está muerto; no lo olvides. Ya sea que prevalezca entre los suyos la opinión de llevarlo a su casa, o de enterrarlo, huésped para siempre, en la tierra donde habitaba, transmíteme de regreso sus órdenes. Ahora, los flancos de una urna de bronce guardan las cenizas de un hombre llorado como se debía.» Lo que oí te lo digo. Si por casualidad hablo con los parientes y allegados, lo ignoro; pero su madre debe saberlo.
CLITEMNESTRA. ¡Ay de mí! Lo que acabas de decir nos ha arruinado del todo. ¡Oh invencible maldición de este palacio! ¡Cómo todo lo vigilas aunque esté bien guardado lejos del camino, y con tus certeros dardos me despojas privándome de los míos, desgraciada! Y ahora, Orestes -que con tan buen consejo había sacado el pie del funesto lodazal-, ahora la única esperanza de una bella alegría, sanadora de esta mansión, la borra tan pronto surge.