Las Coéforas
Las Coéforas CLITEMNESTRA. ¡Pobre de mí! Entiendo el sentido del enigma. Por la astucia moriremos tal como matamos. Que alguien me entregue un hacha asesina rápidamente. Sepamos si somos ganadores o derrotados, puesto que he llegado a esta decisión. (Se va hacia palacio. Se abre la puerta central y aparece Orestes con la espada ensangrentada. Junto a él PíLADES. Al fondo se ve el cadáver de EGISTO.)
ORESTES. Precisamente a ti te busco; él ya tiene su parte y le basta.
CLITEMNESTRA. ¡Ay de mí! ¡Estás muerto, querido Egisto!
ORESTES. ¿A ese hombre amas? Pues bien, yacerás en la misma tumba; ni siquiera muerto le traicionarás.
CLITEMNESTRA. Detente, hijo mío. Respeta, criatura, este pecho sobre el que tantas veces, adormecido, chupabas con tus labios la leche nutricia.
ORESTES. Pílades, ¿qué haré? ¿He de temer matar a una madre? PILADES. ¿Qué será ahora de los oráculos de Loxias dados en Delfos y de los leales juramentos? Considera que vale más ser enemigo de todos que de los dioses.