Las Coéforas
Las Coéforas CORIFEO. ¡Eh, eh!, ¿Qué sucede? ¿Qué se ha consumado en el palacio? Alejémonos mientras se acaba la empresa, a fin de que no parezca que somos los culpables de estos males. Porque el resultado del combate está decidido. (El coro se aleja a un rincón. De la puerta central de palacio sale un esclavo y se dirige velozmente hacia la habitación de las mujeres.) ESCLAVO. ¡Pobre de mí! Sí, ¡pobre de mí!, mi dueño está muerto. ¡Ay de mí! De nuevo por tercera vez grito: Egisto ya no existe. Ea, abrid rápidamente, quitad los cerrojos de las puertas del gineceo. Un joven vigoroso se necesita pero no para socorrer al muerto. ¿Para qué, pues? (Golpea la puerta del gineceo.) ¡Eh, eh! Grito a sordos y en vano vocifero, a gentes que duermen sin cuitas. ¿Dónde está Clitemnestra? ¿Qué hace? Me parece que su cuello está ya sobre el filo de la navaja y que caerá por tierra herido por la justicia. (Clitemnestra sale del palacio.)
CLITEMNESTRA. ¿Qué sucede? ¿Qué son estos gritos que das en la casa? ESCLAVO. Digo que los muertos matan a los vivos.