Las suplicantes
Las suplicantes DÁNAO. Hijas, prudencia, que hasta aquí llegasteis con vuestro anciano padre, un fiel piloto. Ahora hay que estudiar con gran cuidado lo que pueda ocurrir en esta tierra. Grabad, pues, mis palabras en la mente. Veo polvo, de hueste mudo heraldo. Los cubos en el eje no enmudecen. Un gentío, de escudos protegido, y blandiendo la pica, con caballos y con curvados carros estoy viendo. Seguro que los reyes de esta tierra hacia aquí se dirigen para vernos por un correo puestos sobre aviso. Y tanto si aquí viene en son de paz, como si ha puesto en armas a esta tropa por cruel ira aguzado, es preferible hijas, sentarse cabe estas deidades de la colina. Más que torre es fuerte siempre un altar, escudo indestructible. Subid, pues, con presteza, y sosteniendo piadosamente con la mano izquierda las blancas ramas, signo suplicante, y el orgullo de Zeus, dios del respeto, dirigid, cual conviene, a vuestro huésped palabras reverentes, suplicantes, llenas de angustia, y le informáis al punto que este destierro vuestro no es por sangre. No acompañe la audacia a las palabras ante todo; que vanidad ninguna en vuestros rostros de modesta frente, en vuestros calmos ojos se refleje. Y no seas prolija ni ardorosa en tu lenguaje: que aquí son muy sensibles. Debes saber ceder: que eres extraña y fugitiva y necesitas de ellos. Que lengua audaz al débil no le cuadra.