Las suplicantes
Las suplicantes CORIFEO. Hablas, sensato, a quienes son sensatas, y he de tener presente a todas horas este noble consejo, padre mío. ¡Zeus, dios de nuestra raza, nos contemple!
DÁNAO. ¡Que nos contemple con benignos ojos!
CORIFEO. Todo ha de acabar bien, si Él lo desea.
DÁNAO. No te retrases; triunfe mi designio.
CORIFEO. Quisiera junto a ti tener mi asiento. Ten compasión, oh Zeus, de nuestra pena, antes de que la muerte nos dé alcance.
DÁNAO. Al que es hijo de Zeus también invoca.
CORIFEO. Del Sol el rayo salvador yo invoco.
DÁNAO. Y al Santo Apolo, dios que del Olimpo viose también, un día, desterrado.
CORIFEO. Si conoce este sino, ya no hay duda: sentirá compasión por los mortales.
DÁNAO. Sí, que la sienta; y que él a nuestro lado, en su bondad, quiera tener su asiento.
CORIFEO. ¿A qué otro dios he de invocar ahora?
DÁNAO. Veo un tridente, de un dios símbolo claro.
CORIFEO. ¡Quien por mar nos guiara lo haga en tierra!
DÁNAO. El otro es Hermes, hecho al modo griego.
CORIFEO. Sea de libertad, pues, su mensaje.