Los Persas

Los Persas

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Y es que ignoraba el futuro que le reservaba el numen. Entre tanto, los helenos sin perder la disciplina —antes con gran sumisión— se preparaban la cena, mientras cada marinero al escálamo amarraba, muy bien al remo adaptado, el guión. Cuando la luz del sol húbose extinguido y la noche iba avanzando, cada señor de su remo, en la nave embarca, y cada conocedor de las armas. Dentro de las naves largas una hilera va animando a otra hilera, y así bogan manteniendo cada cual la posición asignada. Durante toda la noche los jefes de los bajeles mantienen la dotación en maniobra de crucero. Iba avanzando la noche, pero la escuadra del griego una deserción secreta por parte alguna buscaba. Cuando el día, con sus blancos corceles la tierra toda cubría ya, a los ojos esplendorosos, primero desde el frente de los griegos se alza un grito clamoroso modulado como un canto mientras resuenan, agudos, los ecos desde los riscos isleños. Al punto, todos los bárbaros se horrorizan, fallidos en su esperanza: pues los griegos no entonaban el peán augusto, entonces, por disponerse a la fuga, sino prestos al combate con animoso denuedo. Con su grito, la trompeta toda la línea inflamaba. Muy pronto, al rítmico embate de los resonantes remos, el agua profunda baten siguiendo el ritmo del cómitre; y en seguida todos fueron bien visibles a los ojos. Abría el fuego, con orden y con disciplina, el ala derecha, y seguía luego, todo el resto de la armada. Entonces pudo escucharse al tiempo este gran clamor: «Id, hijos de los helenos, id a salvar a la patria, id a salvar a los hijos, a las esposas, los templos de los dioses ancestrales y las tumbas de los padres: esta es la lucha final». Por nuestra parte, un clamor contestole, en lengua persa. No era ocasión de demora. Pronto una nave a otra nave clava el espolón de bronce; al ataque dio comienzo una nave griega, y todo el bastimento rompió de una fenicia galera. De los otros, cada cual dirige a una nave el asta. El torrente de la escuadra persa resiste, primero; pero como en un estrecho una multitud de barcos se acumula, no hay manera de prestarse mutuo auxilio, y unos y otros se embestían con sus émbolos de bronce rompiendo los aparejos de los remos. Las galeras griegas, calculadamente, en círculo nos hostigan; los cascos de los bajeles se volcaban, y la mar, de cadáveres repleta, y de restos de naufragio, no era ya posible ver. Y las riberas y escollos de muerte se van llenando; en fuga desordenada marchan, remando, las naves que forman el bando persa, en tanto los griegos, cual si fueran atunes u otra redada de peces, iban con los restos de los remos y con pedazos de tablas atacándolos, y a todos el espinazo quebraban. Por el piélago se extienden griteríos y lamentos, hasta que, al llegar la noche, se nos hurta el espectáculo. La suma de las desgracias narrarte yo no podría aunque diez días enteros te la estuviera contando. Sabe, al menos, una cosa: que jamás, en solo un día, tantos hombres perecieron.


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