Los Persas

Los Persas

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SOMBRA. Pocos, a fe, de entre muchos, si hay que creer los presagios de los dioses, a la vista de este pasado infortunio. No ocurre que unos se cumplen y otros no; y si ello es así, una multitud escogida de soldados ha dejado, por escuchar esas locas esperanzas. Permanecen acampados do el Asopo —fertilizador querido del país de los beocios— con sus aguas riega el llano. Allí sufrir les espera los más extremos dolores en castigo a su soberbia y a su sacrilego empeño, pues que invadieron la Grecia sin perdonar del saqueo las estatuas de los dioses, ni del incendio los templos. ¡Los altares, suprimidos; las estelas de los dioses, arrancadas de raíz de sus basas, por el suelo en confusión, arrojadas! Por el daño que han causado digno castigo sufrieron, y aún habrán de sufrir más, que el cimiento de sus penas acaba de ser echado, y se encuentra aún en la infancia. Que tal será el amasijo de sangre y degüello que sufrirán junto a Platea, bajo la dórica pica. Las montañas de caídos —hasta la generación tercera— han de pregonar aun sin hablar, a los hombres, que quien es mortal no debe ser en exceso orgulloso. Florece la desmesura, y da por fruto una espiga de ceguera, y la cosecha que produce es lamentable. Viendo, por tanto, el castigo de sus actos, acordaos de Atenas y de los griegos, y que nadie, por desprecio de su fortuna presente, y a otras cosas aspirando, no desparrame su dicha. Zeus está allí, decidido a castigar los designios ambiciosos en exceso, y es un inspector muy duro. Aconsejadle, por tanto, con prudentes reflexiones, pues tanto seso le falta, que deje ya de insultar a los dioses con su audacia.


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