Prometeo Encadenado

Prometeo Encadenado

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PROMETEO Cuando se es bien ajeno a la desgracia es fácil cosa, a aquel que está sufriendo, ofrecerle consejo y advertencias. Lo sabía muy bien; que yo, a sabiendas, sí, a sabiendas, erré, ¿por qué negarlo? Por salvar al mortal yo me he perdido. Pero yo no podía imaginarme que hubiese de sufrir tales tormentos en escarpada roca, en este monte, en un lugar tan yermo y solitario. No lamentéis, pues, mis presentes males: a tierra descended, y mis futuros tormentos escuchad, porque de todo tengáis noticia cierta. Sí, creedme, creedme, sí: compadecedme, sufro. Pues la desdicha vuela, y sin distingos sobre el hombre se abate, en forma alterna.

CORO. No con disgusto oímos lo que has dicho, Prometeo. Por ello abandonamos con pies veloces el alado carro y el éter sacro, ruta de las aves, para bajar a estos abruptos riscos.

(Aparece OCÉANO montado sobre un carro tirado por una extraña e ingente ave).

OCÉANO. Después de larga jornada, llego hasta ti, Prometeo, montado en alado grifo, que, sin morder freno alguno, acata mi pensamiento. Compasión por tus pesares debes saber que yo siento, que me impulsa el parentesco de la sangre, según creo. Y además del parentesco, a nadie cual a ti aprecio. Y que la verdad te digo, y no hay lisonja en mi lengua, lo vas a saber al punto: dime en qué ayudarte puedo; que nunca dirás que tienes más que Océano fiel amigo.


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