Las Troyanas
Las Troyanas CASANDRA: ¡Adorna, madre, mi sien victoriosa, y alégrate de mis regias nupcias!, porque si Febo existe, más funesto que el de Helena será el matrimonio que contrae conmigo Agamenón, el rey de los aqueos. Yo lo mataré y devastaré su palacio, pagándome asà por lo que me debe por haber dado muerte a mi padre y a mis hermanos. Morirán los victoriosos apenas se embarquen, no por defender a su paÃs, no verán a sus hijos y no serán vestidos por las manos de sus esposas, sino yacerán en paÃs extranjero. Sus mujeres morirán viudas, otras perderán a sus hijos. Los troyanos, en cambio, dieron la vida por su patria que es la más pura gloria, y los muertos fueron llevados a sus casas por sus amigos y cubrÃalos después una capa de tierra natal, y vestÃanlos las manos de sus parientes. El hombre prudente debe evitar la guerra; pero si se llega a ese extremo, es glorioso morir sin vacilar por el destino de su patria, e infame la cobardÃa. AsÃ, madre, no deplores la ruina de Troya, ni tampoco mis bodas, que perderán a los que ambas detestamos.
CORO: ¡Cuán dulcemente sonrÃes pensando en tus desdichas! Profetizas lo que acaso no suceda.