Las Troyanas
Las Troyanas TALTIBIO: Si Febo no trastornara tu juicio, no amenazarÃas a mis capitanes con tus fatÃdicos augurios. Mi general se enamora de esta bacante, cuya mano rechazarÃa yo, a pesar de mi pobreza. El aire se llevará tus maldiciones contra los argivos y tus alabanzas a los frigios. Más, sÃgueme ahora a las naves. Tú, Hécuba, harás lo mismo cuando lo mande Ulises.
CASANDRA: Cruel es, sin duda, el siervo; ¿aseguras tú que mi madre irá al palacio de Ulises? ¿Y los oráculos de Febo, según los cuales ha de morir aquÃ? ¡Infeliz Ulises! Diez años de penalidades le restan, además de las que aquà ha experimentado, y volverá sólo a su patria; errante atravesará los escollos del angosto estrecho, en donde habita la cruel Caribdis, y verá el cÃclope que mora en los montes y se alimenta de carne humana, también verá a Circe, que transforma a los hombres en cerdos. Pero ¿para qué referirme al trabajo de Ulises? Anda, llévame a celebrar mi matrimonio en los infiernos. ¿Dónde está la nave del general? ¿Dónde he de subir? Ahora no esperarás con impaciencia viento favorable que hinche tus velas, porque, al arrebatarme de esta tierra, te acompañará una de las tres furias. Adiós madre mÃa, no llores; ¡oh, querida patria, y vosotros hermanos que guarda la tierra, hijos todos de un mismo padre!: pronto me veréis llegar vencedora a la mansión de los muertos, después de devastar el palacio de los autores de nuestra ruina.