Las Troyanas
Las Troyanas HÉCUBA: Te alabaré, Menelao, si matas a tu esposa. Pero cuida al verla, que el amor no te ciegue, que sus ojos deslumbran los ojos de los mortales, que sus ojos derriban las ciudades e incendia los palacios. ¡Tales son sus atractivos! Yo la conozco bien, y tú y los que sufrieron tantas desdichas deben también conocerla.
(Entra Helena)
HELENA: ¡Oh Menelao! A la fuerza me arrastraron hasta aquà tus siervos.
MENELAO: Todo el ejército te odia y te pone en mis manos, para que yo te quite la vida.
HELENA: ¿Puedo yo responderte que, si muero, será injustamente?
MENELAO: No vengo a disputar contigo, sino a matarte.
HÉCUBA: Óyela, Menelao, para que no muera sin defensa, y nosotras, si lo permites, le replicaremos: tú ignoras las faltas que cometió en Troya, y todas juntas serán bastantes para perderla y condenarla a muerte sin demora.
MENELAO: Si quiere hablar, que hable. Sepa, sin embargo, que a tu intercesión lo debe, no a sus méritos.