Tragedias griegas

Tragedias griegas

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ADMETO.— No fue por despreciarte, ni por contarte en el número de mis enemigos, por lo que te oculté el desdichado destino de mi mujer; pero hubiese sido un dolor añadido a mi dolor [1040] el que te marcharas a la morada de otro huésped. Mas, si es posible, te suplico ¡oh rey! que confíes esta mujer a cualquier otro tesaliano que no haya sufrido lo que he sufrido yo, pues numerosos huéspedes tienes entre los ferenses. No me recuerdes mis males. Al ver a ésta en la morada, no podré contener mis lágrimas. No añadas un nuevo dolor a los que experimento; bastante tengo con mi cruel desdicha. ¿En qué parte de las moradas se podrá educar a esta joven? [1050] Porque es muy joven, según indican sus vestidos y su atavío. ¿Habitará bajo el mismo techo que los hombres? ¿Y cómo va a permanecer casta en medio de los jóvenes? No es fácil, Heracles, reprimir a un joven. Pienso en interés tuyo. ¿La alimentaré en el aposento de la muerta? ¿Y cómo la llevaré a la estancia de ésta? Temo un doble reproche por parte de los ciudadanos, que me acusarían de traicionar a la que tanto se merece de mí acostándome en el lecho de otra joven, [1060] y por parte de esa muerta, tan digna de ser honrada por mí y a quien siempre debo tener presente. Pero, ¡oh mujer, quienquiera que seas! ¡qué aspecto tan parecido al de Alcestis tienes! ¡Ay! ¡Por los Dioses, aleja de mi vista a esta mujer! ¡No me mates, que estoy perdido! ¡Porque, al mirarla, me parece ver a mi mujer! Turba mi corazón, y de mis ojos brotan manantiales de lágrimas. ¡Oh desgraciado de mí! ¡Ahora comprendo cuán cruel es mi duelo!


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