Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HERACLES.— Hay que hablar con libertad a los amigos, Admeto, y no reprimir, callando, ningún reproche del corazón. [1010] Yo, que presenciaba tu desdicha, pensé que me tratabas como a un amigo sincero; y sin embargo, no me has confiado que este cuerpo fuera el de tu mujer, sino que me has dado hospitalidad en tus moradas, como si sólo te inquietase una desgracia extraña. Y he coronado mi cabeza, y he ofrecido a los Dioses libaciones en tus moradas que gimen. Y en verdad que me quejo, me quejo por eso. Sin embargo, no quiero entristecerte en tus dolores, y al fin te diré por qué he vuelto aquí. [1020] Recibe de mí esta mujer, y guárdala hasta que yo vuelva trayendo los caballos tracios, después de matar al tirano de los bistonios. Si sufro el destino —y plegue a los Dioses que no sea así, pues les ruego me dejen regresar—, te daré esta mujer para que te sirva en tu morada. Ha caído en mis manos con mucho trabajo. Porque asistí a un combate público en que se ofrecían a los atletas premios dignos, y me he llevado a ésta como recompensa por mi victoria. En los combates ligeros [1030] se reservaban caballos a los vencedores, y en los combates más serios, pugilato o lucha, bueyes, y además, esta mujer. Como me encontraba allí por casualidad, me hubiera avergonzado desdeñar tan glorioso premio. Ya te digo que debes cuidar de esta mujer, porque no la he adquirido por astucia, sino con trabajo. Acaso me des un día las gracias.


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