Tragedias griegas

Tragedias griegas

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ADMETO.— ¡Rey, no me obligues a obrar en contra de mi voluntad!

HERACLES.— Atrévete a extender la mano y tocar a la extranjera.

ADMETO.— ¡Extiendo la mano, como si viese la cabeza de Gorgona[58]!

HERACLES.— ¿La tienes cogida?

ADMETO.— La tengo cogida.

HERACLES.— Bueno. Guárdala, pues, [1120] y dirás que el hijo de Zeus es un huésped generoso. (Se acerca a la mujer y le quita el velo).)Mírala, y ve si no se parece a tu mujer. ¡Cesa de afligirte, y sé dichoso!

ADMETO.— ¡Oh Dioses! ¿Qué diré? ¡Qué inesperado prodigio! ¿Estoy viendo realmente a mi mujer, o no es más que una falsa alegría deparada por un Dios que se burla de mí?

HERACLES.— ¡No! Estás viendo a tu propia mujer.

ADMETO.— ¡Sin embargo, mira si sólo es un espectro subterráneo!

HERACLES.— Tu huésped no es un evocador de almas.

ADMETO.— Pero ¿estoy viendo a mi esposa, a la que sepulté?

HERACLES.— [1130] ¡Sin duda! Pero no me asombra que no prestes crédito a la fortuna.


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