Tragedias griegas
Tragedias griegas HERACLES.— ¡Accede, porque acaso te convenga hacer este favor!
ADMETO.— ¡Ay! ¡Pluguiera a los Dioses que nunca hubieses conquistado a esta mujer!
HERACLES.— Sin embargo, quedas victorioso conmigo.
ADMETO.— Has hablado bien; pero ¡que salga esta mujer!
HERACLES.— Se irá, si es preciso; pero, ante todo, mira si es preciso.
ADMETO.— Es preciso, siempre que no te irrites contra mÃ.
HERACLES.— También yo sé por qué insisto tanto.
ADMETO.— Triunfa, pues; pero no me agrada lo que haces.
HERACLES.— Vendrá un tiempo en que aprobarás mi conducta. Pero obedece.
ADMETO.— [1110] (A los siervos). Lleváosla, puesto que hay que recibirla en las moradas.
HERACLES.— No confiaré esta mujer a tus servidores.
ADMETO.— Éntrala tú mismo, si te place.
HERACLES.— Mejor la entregarÃa en tus manos.
ADMETO.— No la tocaré; pero le está permitido entrar en la morada.
HERACLES.— Sólo en tus manos la confÃo.