Tragedias griegas

Tragedias griegas

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El PEDAGOGO.— Antigua esclava de la morada de mi señora, [50] ¿por qué permaneces sola ante las puertas, revolviendo males en tu espíritu? ¿Cómo es que Medea quiere estar sola y sin ti?

LA NODRIZA.— Anciano, acompañante de los hijos de Jasón: las cosas dolorosas para los amos constituyen calamidades para los buenos servidores y les desgarran el corazón. A tal extremo de dolor he llegado, que he sentido el deseo de venir aquí para decir a la tierra y al Urano los deseos de mi señora.

El PEDAGOGO.— ¿Todavía no ha cesado de gemir la desgraciada?

LA NODRIZA.— [60] ¡Qué inocente eres! Su mal no hace más que empezar, y ni siquiera ha recorrido aún la mitad de su camino,

El PEDAGOGO.— ¡Oh insensata! —si es lícito hablar así de los amos—. ¡Pues todavía ignora sus males más recientes!

LA NODRIZA.— ¿Qué ocurre, ¡oh anciano!? No tardes en decírmelo.

El PEDAGOGO.— Nada; me arrepiento de lo que he dicho.

LA NODRIZA.— ¡Por tu mentón[66]! nada ocultes a tu esclava. Guardaré silencio sobre ello, si es preciso.


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