Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— Asà lo haré, porque es justo, Medea, que te vengues de tu marido. No me asombra que gimas por tu destino. Pero veo a Creón, señor de esta tierra, [270] que se acerca y trae nuevos propósitos.
CREÓN.— Oye, Medea, la de mirada torva y furiosa contra tu marido: ordeno que seas desterrada, expulsada de esta tierra, llevándote contigo a tus dos hijos, y sin tardanza, porque en esto soy yo el árbitro; y no volveré a la morada sin haberte expulsado de las fronteras de este paÃs.
MEDEA.— ¡Ay, ay! ¡Estoy perdida, desdichada de mÃ! Ya mis enemigos largan todas las velas, y no dispongo de ningún refugio contra tal desgracia. [280] Sin embargo, por muy injuriosamente que me trates, Creón, déjame que te pregunte por qué me echas de esta tierra.
CREÓN.— Te temo; no hay para qué hablar con rodeos. Temo que hagas a mi hija algún daño irreparable. Por varios motivos me asalta este temor, Eres astuta y hábil para muchas asechanzas, y te quejas por verte privada del lecho de tu marido. Sé, porque me lo han dicho, que nos amenazas con una desgracia a mÃ, a mi hija y a su prometido. Voy a prevenirme contra ella antes de sufrirla. [290] Más me conviene incurrir ahora en tu odio que gemir cuando esté hecho el mal.