Tragedias griegas
Tragedias griegas MEDEA.— ¡Ay, ay! Con frecuencia, pues no es ahora la primera vez, me ha dañado y causado grandes perjuicios lo que piensan de mÃ[75]. Nunca conviene que el hombre de sentido recto se preocupe de educar a sus hijos con demasiada sabidurÃa. Porque, además de adquirir asà fama de perezosos, excitan la envidia odiosa de los ciudadanos. Inculcando pensamientos nuevos y sabios en las personas groseras, pareceréis inútiles y desprovistos de sabidurÃa; [300] y si se os cree más ilustres que los que pasan por hábiles y sabios, pareceréis peligrosos en la ciudad[76]. Yo he sufrido este destino. Siendo sabia, he sido odiada por unos, una carga para otros, contraria a éstos y antipática a aquéllos. Y sin embargo, no sé demasiado. ¿Temes, pues, sufrir de mà algún mal? No temas que te suceda nada malo por culpa mÃa, Creón, ni que yo atente contra los hombres reales. ¿Qué injusticia me has hecho, en efecto? Has dado tu hija a aquel [310] a quien tu corazón te impulsa. Pero odio a mi marido. Por lo que a ti respecta, creo que has obrado cuerdamente. Y ahora no envidio tus prosperidades. Celebrad esas bodas, vivid bien y felizmente, pero permitidme que habite en esta tierra; porque, aunque ultrajada, me callaré, sumisa a los que son más poderosos que yo.