Tragedias griegas

Tragedias griegas

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CREÓN.— Dices palabras dulces al oído, pero tengo miedo de que trames cualquier maldad en el fondo de tu alma, y cada vez me fío menos de ti; porque cuando una mujer, e incluso un hombre, tiene una cólera pronta, [320] es más fácil guardarse de ésta que cuando es muda y prudente. Sal, pues, en seguida, y cesa de hablar tanto. Está decidido; y no utilizarás ningún artificio que te haga quedarte entre nosotros, siendo mi enemiga.

MEDEA.— (Abrazándose a sus rodillas en señal de súplica).¡Por tus rodillas, por tu hija recién casada!

CREÓN.— En balde son tus palabras; no me persuadirás jamás.

MEDEA.— ¡Y me echarás, y no respetarás mis súplicas!

CREÓN.— No te prefiero a mi familia.

MEDEA.— ¡Oh patria, con cuánta desesperación me acuerdo de ti!

CREÓN.— Además de mis hijos, también me es cara mi patria.

MEDEA.— [330] ¡Ay, ay! ¡Qué mal tan grave es para los mortales el amor!

CREÓN.— A mi entender, según decida la fortuna.

MEDEA.— ¡Zeus! ¡Ojalá no se te escape el autor de mis males!


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