Tragedias griegas

Tragedias griegas

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Tendría apenas cuatro años cuando experimentó un acontecimiento decisivo para la historia futura de su patria: nos referimos al intento de invasión de la Hélade por el despótico imperio persa. Seguramente se vería obligado a abandonar su casa y viviría la angustia y la zozobra de la batalla naval de Salamina, en la que Temístocles se jugó a una sola carta la libertad y posterior destino de todo el territorio griego. La tradición cuenta que la victoria fue tan inesperada, incluso para los griegos, que, terminado felizmente el combate, el general ateniense exclamó: «No lo conseguimos nosotros». Con esta frase se aludía a la intervención benéfica de la divinidad. El decisivo triunfo posterior de Platea (479 a. C.) acabaría por despejar el inquietante peligro de una posible invasión de los ejércitos persas. Es de suponer que la lógica exaltación patriótica a consecuencia de tan resonante éxito dejaría una profunda huella en el espíritu infantil de Eurípides y se sentiría orgulloso de ser griego y ateniense. La literatura helénica del momento consideró esta victoria decisiva como la confirmación de la supremacía de un ideal de vida centrado en la libertad del estado y del individuo frente a la esclavitud con que amenazaba el imperio persa. En autores como el historiador Heródoto hallamos repetidos ecos de la exaltación del ideal de libertad, sin lugar a dudas el fruto más genuino del genio helénico y en el que germinó y se desarrolló posteriormente toda nuestra civilización occidental. Este ideal se apoyaba en la justicia y en la democracia, pues una democracia sin un sa­grado respeto a la ley era inconcebible para el espíritu griego clásico. En el libro VII, cap. 104 de la Historia de Heródoto, un espartano responde a la pregunta que Jerjes le ha formulado sobre los atenienses: «Son libres, en efecto, pero no son libres en todo, pues por encima de ellos la ley es su señor, a la cual temen mucho más que los súbditos a ti». Es indudable que toda esta serie de acontecimientos trascendentales in­fluirían decisivamente en el alma del joven Eurípides. Esta imagen tan halagüeña de su patria quedaría ensombrecida, con el paso del tiempo, con la amargura de comprobar cómo una democracia moderada era incapaz de resistir los embates de los afanes imperialistas que conducirían a Atenas a la guerra del Peloponeso y al desastre político e ideológico. De ahí nace­ría con toda probabilidad la enorme decepción que destilan muchas de sus obras.


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