Tragedias griegas
Tragedias griegas MEDEA.— Asà lo haré. Pero entra en la morada, [1020] y prepara a mis hijos lo que necesitan a diario. ¡Oh hijos, hijos! ¡en adelante tendréis una ciudad, una morada en la que habitaréis para siempre sin mÃ, privados de vuestra madre! Y yo iré desterrada a otra tierra, antes de haber disfrutado de vosotros, de haberos visto felices, de haberos casado, de haber adornado vuestros lechos nupciales y a vuestras prometidas, y de haber encendido las antorchas[106] para vosotros. ¡Oh! ¡qué desdichada soy por culpa de mi orgullo! ¡Oh hijos, os he criado en vano! [1030] ¡En vano me fatigué y consumà de preocupaciones, y sufrà los crueles dolores del parto! En verdad ¡infeliz de mÃ! que en otro tiempo cifré en vosotros grandes esperanzas de que me alimentarais en mi vejez, y después de muerta, me enterrarais con vuestras manos, deseo común a los hombres. ¡Y ahora ya no tiene razón, de ser tan grata esperanza! Porque arrastraré una vida triste y cruel, privada de vosotros. Y ya no veréis más con vuestros caros ojos a vuestra madre, y conoceréis otra existencia[107]. [1040] ¡Ay, ay! ¿Por qué me miráis, hijos? ¿Por qué me sonreÃs con esa sonrisa suprema? ¡Ay! ¿Qué haré? Me desfallece el corazón, mujeres, al ver la mirada alegre de mis hijos. ¡No podré! ¡OlvÃdense mis anteriores propósitos! Sacaré de esta tierra a mis hijos. ¿Qué necesidad tengo de castigar con la desdicha de ellos a su padre, y de hacerme a mà misma tanto mal? ¡No, jamás lo haré! Renuncio a mis proyectos. [1050] Pero ¿voy a sufrir el verme convertida en motivo de escarnio dejando impunes a mis enemigos? Hay que obrar. ¡Oh! ¡cuán cobarde soy por dejar que se apoderen de mi corazón estas flaquezas! Hijos, entrad en las moradas para que sufra quien no debe asistir a mis sacrificios. No temblará mi mano. ¡Ah! ¡no hagas eso, corazón mÃo! ¡Deja a tus hijos, miserable! ¡Perdónalos! Allá te servirán de alegrÃa, si viven. No, ¡por los vengadores subterráneos del Hades! [1060] jamás dejaré mis hijos a mis enemigos para que los ultrajen. Es absolutamente necesario que mueran. Y puesto que es preciso, los mataré yo, que los he parido. Asà está decidido y asà se hará. Bien sé que ya se muere la prometida real, con la corona en la cabeza y vestida con el peplo. ¡Pero, puesto que emprendo esta senda funesta y voy a hacerles emprender un camino mucho más funesto, quiero ver a mis hijos una vez aún! (Los niños vuelven a aparecer en escena). Dad, ¡oh hijos! [1070] dad a vuestra madre vuestra mano a besar. ¡Oh mano queridÃsima, oh boca queridÃsima! ¡Presencia, noble rostro de mis hijos! ¡sed dichosos, pero allá[108]! Aquà os arrebató la dicha vuestro padre. ¡Oh dulce abrazo, oh piel delicada, oh dulcÃsimo aliento de mis hijos! (Los aleja de sà e indica que los lleven dentro de casa). ¡Idos, salid! no puedo veros por más tiempo, me rinden mis males. Sé el crimen que voy a cometer; pero mi cólera es más poderosa que mi voluntad, [1080] y ella es la primer causante de males entre los hombres.