Tragedias griegas

Tragedias griegas

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JASÓN.— ¡Oh detestada, oh mujer horripilante para todos los Dioses y para la raza entera de los hombres y para mí, que has osado atravesar con la espada a los hijos que has parido y hacerme morir privándome de mis hijos! ¡Has hecho eso, y te atreves a mirar a Helios y a la tierra después de cometer crimen tan abominable! ¡Ojalá perezcas! ¡Ahora me torno cuerdo, porque estaba loco [1330] cuando desde una morada y desde una tierra bárbaras te llevé al seno de una familia helena, horrible calamidad, traidora a tu padre y a la tierra que te crio! Pero los Dioses me infundieron un pensamiento funesto. En efecto, tras de matar a tu hermano al pie de los altares, subiste a la nave Argos adornada de hermosa proa[119]. Así empezaste. Luego, después de casarte conmigo y darme hijos, los matas con motivo de las bodas y del lecho. Ninguna mujer helena se atrevió a eso jamás. [1340] ¡Pero antes de ocurrir eso, te juzgué digna de ser mi mujer, contrayendo una unión terrible y funesta para mí, pues eres una leona y no una mujer, y tienes una índole más cruel que la de la tirrena Scila[120]! Pero en vano te abrumaría con mil ultrajes, ya que tienes tanta impudicia natural. ¡Ojalá perezcas, oh abominabilísima, mancillada con el asesinato de tus hijos! ¡En cuanto a mí, habré de llorar mi adverso destino, yo que no gozaré de mis recientes bodas, ni de los hijos que he engendrado y criado, [1350] a los que ya no podré ver vivos y a los que he perdido!


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