Tragedias griegas

Tragedias griegas

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CORIFEO.— Al oírlos, los he compadecido por su desgracia, señor. Ahora, precisamente, he visto el buen linaje vencido por el azar. Pues éstos tienen mala fortuna sin merecerlo, [235] como hijos de padre noble.

DEMOFONTE.— Tres caminos de tu desgracia me obligan, Yolao, a no rechazar a tus extranjeros. Lo más importante, Zeus, a cuyo altar estás acogido con este conjunto de niños. El parentesco [240] y la obligación previa por parte nuestra de hacer bien a éstos en agradecimiento a su padre. Y el honor, por el que hay que preocuparse ante todo. Pues si dejo que este altar sea saqueado a la fuerza por un extranjero, [245] parecerá que no habito una tierra libre y que he entregado traidoramente los suplicantes a los argivos por vacilación. Y eso casi merecería la horca. Debiste haber venido con mejor fortuna; sin embargo, tampoco ahora temas que alguien te vaya a arrebatar a la fuerza de este altar en compañía de los niños. [250] Y tú (al Heraldo) vete a Argos y explícale a Euristeo estas cosas y, además, que, si aparte de eso, acusa de algo a estos extranjeros, ha de obtener justicia. Pero a éstos jamás te los llevarás.

HERALDO.— ¿No, si es justo y venzo con mi argumento?

DEMOFONTE.— ¿Y cómo va a ser justo llevarse al suplicante por la fuerza?


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