Tragedias griegas
Tragedias griegas SERVIDOR.— Mi explicación por sí sola te indicará todo eso. [800] En efecto, una vez que nos enfrentamos mutuamente, al desplegar el ejército de hoplitas cara a cara, Hilo, echando pie a tierra desde su cuadriga, se detuvo alzado en medio del terreno que separaba a los ejércitos, y, luego, dijo: «Oh estratego que has venido de Argos: [805] ¿por qué no dejamos en paz a esta tierra? Tampoco harás ningún daño a Micenas si la privas de un hombre. ¡Ea! Emprende batalla, tú solo, conmigo solo. O coge y llévate, si me matas, a los hijos de Heracles; o, si mueres, [810] déjame conservar las honras y el palacio de mi padre». El ejército lo elogió: bien dicha estaba la propuesta tanto por librarles de fatigas como por su valor. Pero aquél, ni por vergüenza ante los que habían oído las palabras, ni ante su propia cobardía, aun siendo él un estratego, [815] se atrevió a acercarse a la poderosa lanza, sino que fue muy cobarde. ¡Y, a pesar de ser de tal laya, había venido a esclavizar a los hijos de Heracles! Pues bien, Hilo se retiró de nuevo a su fila. Y los adivinos, una vez que se enteraron de que la reconciliación no se cumplía [820] mediante combate singular, hacían sacrificios y no se demoraban, sino que vertieron al punto sangre propicia de una garganta humana. Unos subían a los carros, otros se cubrían costado contra costado al amparo de los escudos. El soberano de los atenienses dio [825] una orden a su ejército como debe hacerlo uno de buen linaje: «¡Oh conciudadanos! Es necesario defender ahora la tierra que nos alimenta y nos dio a luz». El otro, por su parte, pidió a sus aliados que no consintieran que Argos y Micenas pasaran vergüenza. [830] Una vez que se dio un toque agudo con la trompeta tirrena[153] y que emprendieron mutuamente la batalla, ¿cuánto estruendo de los escudos presumes tú que resonaba? ¿Cuánto gemido y lamento a un tiempo? Al principio, pues, el ataque del ejército argivo embistió nuestras filas. [835] Luego, se retiraron. A continuación, trabado un pie con otro, situado un hombre junto a otro, ganaban firmeza en la batalla. Muchos caían y se dejaban oír dos exhortaciones[154]: «¡Oh Atenas!». «¡Ah los que sembráis la campiña de los argivos! [840] ¿No vais a defender de la vergüenza a vuestra ciudad?». A duras penas, intentándolo todo, no sin fatigas, pusimos en fuga al ejército argivo. Y, entonces, el anciano [845] Yolao, viendo que Hilo se ponía en marcha, tendiendo la mano derecha le suplicó que lo subiera al carro de caballos, y, cogiendo con las manos las riendas, persiguió a los potros de Euristeo. Ya, lo que sigue a esto, puedo decirlo yo por haberlo oído de otros, pero hasta aquí por haberlo visto yo mismo. En efecto, en Palene[155], mientras cruzaba por la venerada colina de la divina Palas, [850] al ver el carro de Euristeo, pidió a Hebe[156] y a Zeus tornarse joven por un solo día y hacerles pagar su castigo a los enemigos. Ahora te es posible oír un prodigio. Efectivamente, deteniéndose dos astros encima del yugo de los caballos, [855] ocultaron el carro con una nube oscura. Los más enterados nombran a tu hijo, al menos, y a Hebe. Yolao, saliendo de la sombría tiniebla, mostró el perfil vigoroso de unos brazos juveniles. El ilustre Yolao capturó [860] el carro de cuatro caballos de Euristeo junto a las rocas de Escirón[157], y, atándole las manos con ligaduras, llegó con las primicias más hermosas del botín: el jefe militar antes feliz. Con la desgracia de ahora a todos los mortales se les da un pregón claro de entender: [865] no envidiar a quien aparenta ser feliz, hasta que uno lo vea muerto. Que efímeras son las vicisitudes de la fortuna[158].