Tragedias griegas
Tragedias griegas CORIFEO.— ¡Oh Zeus que das la victoria! Ahora me es posible ver un día libre de terrible miedo.
ALCMENA.— ¡Oh Zeus! ¡Por fin has considerado mis desgracias! [870] Sin embargo, te tengo agradecimiento por lo que ha pasado. Yo, que no creía antes que mi hijo estuviera entre los dioses, ahora lo sé con certeza. ¡Oh hijos! Ahora ya, ahora, libres de trabajos, [875] libres estaréis de Euristeo, que va a perecer de mala manera, y veréis la ciudad de nuestro padre. Pisaréis vuestros lotes de tierra[159]. y haréis sacrificios a los dioses paternos; pues, rechazados de ellos como extranjeros, llevabais una desdichada vida errante. Pero, ¿qué astucia ocultaba Yolao [880] para perdonar a Euristeo hasta el punto de no matarlo? Dilo. Pues según nosotros no es astucia esto: tras coger a los enemigos no hacerles pagar su castigo.
SERVIDOR.— Por honrarte a ti, para que lo vieras con tus ojos poderoso y sometido a tu mano. A él, [885] no ciertamente por su gusto, sino por la fuerza, lo sometió[160] a al yugo de la necesidad. Pues no quería venir vivo a tu presencia ni darte reparación. ¡Ea! Oh anciana, salud y acuérdate, por mí, de lo que has dicho al principio, cuando comencé mi relato: libérame.
[890] En tales ocasiones es preciso que la gente noble tenga una boca que no miente[161].
ESTÁSIMO 4.º
CORO.—