Tragedias griegas

Tragedias griegas

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EURISTEO.— Mujer, sábete bien que no te adularé ni diré con respecto a mi vida ninguna [985] cosa por la que tenga que ser acusado de cobardía alguna. Yo emprendí esta querella no por mi gusto. Sabía que era primo hermano tuyo y del mismo linaje que tu hijo Heracles[171]. Pero tanto si yo quería como si no —pues ella era una diosa—, [990] Hera me hizo contraer esta enfermedad[172]. Y una vez que emprendí mi hostilidad contra él y comprendí que había de librar este combate, me convertí en artífice de muchas penalidades y muchas engendraba yo entrevistándome con la noche sin cesar, [995] con el fin de no cohabitar en lo sucesivo con el miedo cuando yo hubiera rechazado y dado muerte a mis enemigos, sabiendo que tu hijo no era un número más, sino un hombre de verdad. Pues, aun siendo él un enemigo, oirá cosas favorables por ser un hombre cabal. Una vez que él murió, [1000] ¿no era necesario, entonces, que yo, odiado por éstos y testigo del odio que les viene de su padre, removiera cualquier piedra tratando de matarlos, expulsándolos y tramando intrigas? Si yo hacía eso, lo mío se volvía [1005] seguro. Si hubieras tenido mi suerte, ¿no habrías perseguido con males a los retoños mal nacidos de un león enemigo, sino que les habrías permitido sensatamente que habitaran en Argos? A nadie podrías convencer. Pues bien, ahora, una vez que no me mataron [1010] cuando yo lo deseaba, según las leyes de los griegos. Si muero, no dejo yo sin mancha a quien me mate. La ciudad me perdonó prudentemente, honrando al dios mucho más que a su odio contra mí. En relación a lo que has dicho, has oído la respuesta. [1015] A partir de ahora, es preciso llamarme vengador y noble. Pues bien, hasta tal punto dispones de mi situación. No deseo morir, pero no me afligiría nada si dejara la vida.


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