Tragedias griegas
Tragedias griegas EL SERVIDOR.— Sin embargo, es venerable e ilustre entre los mortales.
HIPÓLITO.— Cada ano de los Dioses y de los hombres se ocupa de quien le parece.
EL SERVIDOR.— ¡Dichoso tú, si fueras todo lo cuerdo que hay que ser!
HIPÓLITO.— No me place ninguno de los Dioses a quienes hay que honrar de noche.
EL SERVIDOR.— ¡Oh hijo! es necesario honrar a los Demonios.
HIPÓLITO.— (A sus compañeros). Vamos, compañeros. Entrad en la morada y preparad la comida. Después de la caza, agrada [110] una mesa llena. Conviene estrillar a los caballos, con objeto de que, luego de comer, pueda yo uncirlos al carro y guiarlos con soltura. (Dirigiéndose al mismo siervo y haciendo un gesto a la estatua de Afrodita). En cuanto a tu Cipris, le deseo mucha alegrÃa[189]. (Entra en palacio acompañado de los sirvientes).
EL SERVIDOR.— (Habla solo, dirigiéndose a la estatua de Afrodita). Por lo que a mà respecta, como no conviene imitar a los jóvenes, manifestando los sentimientos que debe expresar un esclavo, adoro tus imágenes, ¡oh señora Cipris! Pero hay que perdonar a la juventud impetuosa el que se deje arrastrar en contra tuya con palabras insensatas. Finge no oÃrle. [120] A los Dioses cumple ser más prudentes que los hombres.