Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HIPÓLITO.— [90] Ciertamente; si no, no sería cuerdo.

EL SERVIDOR.— ¿Conoces cierta ley que obliga a los mortales?

HIPÓLITO.— No la conozco; pero ¿acerca de qué me preguntas?

EL SERVIDOR.— Consiste en odiar el orgullo y lo que disgusta a todos.

HIPÓLITO.— Muy bien. En efecto, ¿qué hombre lleno de orgullo no se hace odioso?

EL SERVIDOR.— ¿Y no agrada, por el contrario, la afabilidad?

HIPÓLITO.— Sin duda, y a poca costa se saca provecho de ella.

EL SERVIDOR.— ¿Crees que ocurrirá esto también entre los Dioses?

HIPÓLITO.— Sí, ya que de los Dioses reciben los hombres sus leyes.

EL SERVIDOR.— ¿Por qué, pues, no saludas a una verdadera Diosa?

HIPÓLITO.— [100] ¿Cuál? ¡Cuida de que tu boca no ofenda!

EL SERVIDOR.— Esta, Cipris, que preside a tus puertas.

HIPÓLITO.— Como estoy puro, la saludo desde lejos.


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