Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HIPÓLITO.— (A sus compañeros). ¡Seguid, seguidme, cantando a la hija uránica de Zeus, [60] a la cual somos gratos!

LOS SERVIDORES.— ¡Venerable, venerable, augustísima! ¡Salve, progenie de Zeus! ¡Salve, oh hija de Latona y de Zeus, Artemisa, la más hermosa de las vírgenes, que habitas en el vasto Urano [70] la noble morada de tu padre, la morada resplandeciente de oro de Zeus!

HIPÓLITO.— ¡Salve, oh bellísima, la más bella de las vírgenes que habitan el Olimpo, Artemisa! ¡Oh señora, te ofrendo esta corona tejida en una pradera no hollada, a la que nunca tocó el hierro[187], en la que jamás osó el pastor apacentar sus rebaños, a la que sólo viene la abeja primaveral, y que el pudor fecunda con su rocío! Sólo puede coger estas flores, lo cual no está permitido a los malos, aquel que no ha aprendido nada con el estudio [80] y a quien la propia Naturaleza ha enseñado la sabiduría en todas las cosas por igual. ¡Oh cara señora, recibe, pues, de mi mano piadosa esta corona para tu cabellera dorada! Únicamente a mí se me ha otorgado este don entre los mortales: te acompaño, te hablo y oigo tu voz, si bien no veo tu rostro, y acabaré mi vida como la he empezado[188].

UN SERVIDOR.— ¡Rey! pues sólo a los Dioses debe llamarse señores, ¿quieres recibir de mí un buen consejo?


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