Tragedias griegas
Tragedias griegas El año 431, coincidiendo con el comienzo de la guerra del Peloponeso, en la que Esparta y Atenas habrían de dirimir su supremacía en la Hélade, presentó ante el público ateniense una de sus obras maestras, Medea. La tragedia debió de escandalizar a los espectadores no habituados a considerar los recovecos del corazón humano con semejante crudeza. En pago de este atrevimiento Eurípides tuvo que conformarse con el tercer puesto del certamen. La causa principal de rechazo tan manifiesto fue, al parecer, su innovación en el tratamiento del mito, en el sentido, por ejemplo, de transformar a la hechicera Medea en asesina de sus propios hijos, de su rival Creúsa y del padre de ésta. Es evidente que, con la nueva versión de la leyenda, hecho que el autor repetiría en otros dramas, el poeta perseguía una finalidad exclusivamente artística: presentar en sus menores detalles hasta dónde puede llegar la pasión de una mujer herida en lo más íntimo de su ser por la traición de su esposo. Mas el público de Atenas no supo interpretarlo así, ya que probablemente no estaba aún suficientemente preparado para asistir a un espectáculo en el que se exhibían pasiones tan incontroladas. Todos los críticos de la obra euripidea se muestran unánimes en admitir que la esencia de esta tragedia radica en la descripción de la desenfrenada venganza de la heroína.