Tragedias griegas
Tragedias griegas LA NODRIZA.— [250] (Bajando el velo sobre su rostro). Ya cubro tu cabeza. ¿Cuándo cubrirá también la muerte mi cuerpo? Una larga vida me ha enseñado muchas cosas. Conviene, en efecto, a los mortales no contraer entre si mas que amistades moderadas que no lleguen hasta la médula del alma, afectos fáciles de romper y que se puedan tomar o dejar. Pero el dolor de un alma que sufre por dos es una carga pesada; [260] y asà sufro yo por ésta. Con razón se dice que las pasiones de la vida dañan más que deleitan, y turban mucho la salud. AsÃ, pues, apruebo menos lo que es excesivo que esta frase: «¡De nada demasiado!», y los sabios pensarán como yo.
EL CORO.— Anciana, fiel nodriza de la reina Fedra, ya veo sus lamentables males; pero no sabemos qué escondida dolencia la consume, [270] y quisiéramos interrogarte y saberlo por ti.
LA NODRIZA.— No lo sé, aunque lo he preguntado. No quiere decÃrmelo.
EL CORO.— ¿No sabes, pues, el origen de sus males?
LA NODRIZA.— Lo mismo que tú. Ella calla todo lo referente a eso.
EL CORO.— ¡Qué enferma está, y cómo languidece su cuerpo!
LA NODRIZA.— ¿Cómo no? Ya hace tres dÃas que está sin comer.