Tragedias griegas
Tragedias griegas LA NODRIZA.— Lo he intentado todo, y nada me ha servido. Sin embargo, no desistiré de mis cuidados, y puedes quedarte y ser testigo de lo que soy para mi desventurada señora… (A Fedra. Vamos, ¡oh querida hija! olvidemos ambas lo que ya hemos dicho. Cálmate, disipa la tristeza de tu frente y de tu pensamiento[198]; [290] y yo, abandonando los caminos por donde te he seguido equivocada, te diré palabras mejores[199]. Si padeces algún mal oculto, aquà hay mujeres que también tratarán de calmar tu dolor. Si tu mal puede ser revelado a hombres, habla, a fin de darlo a conocer a los módicos. (Se produce un silencio). Y bien, ¿por qué te callas? No debes callarte, hija, sino recriminarme si hablo mal, u obedecer mis palabras si son buenas. [300] Di algo, mira aquÃ. ¡Oh! ¡desgraciada de mÃ! (A las mujeres del Coro). Mujeres, nos tomamos un trabajo inútil, y estamos del fin perseguido tan lejos como antes. Ya no la conmueven mis palabras; no obedece a ellas ahora. (A Fedra). Has de saber, no obstante, que, aunque seas más tenaz que el mar, si mueres, serán engañados tus hijos y no participarán de la riqueza paterna. No, que la real amazona ecuestre ha parido un bastardo para que mande en tus hijos, y tiene pensamientos libres. ¡Y le conoces bien, porque es Hipólito!
FEDRA.— [310] ¡Ay de mÃ!
LA NODRIZA.— ¿Te conmueve esto?